En los brazos del Fabricante
Imagina una gran corte en la que el Fabricante es el juez. Tú estás sentado delante de Él y hay alguien (un acusador) que está pidiendo la pena máxima para ti por todas las cosas equivocadas que has hecho, por todos los pensamientos malos que han pasado por tu mente. Te das cuenta que no puedes refutar nada de lo que dice el acusador porque todo es cierto, y lo peor, es que no hay nadie a tu lado para defenderte.
Esta es nuestra situación actual. Lo creas o no la carpeta está llena de evidencias en tu contra y todas son ciertas, cada uno de tus movimientos ha sido detalladamente registrado. Y hay un acusador que está permanentemente delante del Juez pidiendo la pena máxima para ti, es decir, tu vida.
Nacemos vendidos a esta naturaleza que habita en nosotros, que gobierna nuestras decisiones y por ende nuestros movimientos. No es fatalismo y tampoco la intención es crear en ti una especie de delirio de persecución. Es cierto que la palabra pecado ha sido manipulada, abusada, deformada por las religiones a tal punto que las personas están cansadas e incrédulas frente a este concepto, pero no por eso vamos a ignorarla, todo lo contrario, es necesario retomarla y tratar de darle, en lo posible, la dimensión que en realidad tiene.
Hace algunos años, cuando estaba comenzando a entender estas cosas, me hice esta pregunta: ¿por qué no puedo dejar de ver pornografía?, otros dirán: ¿por qué no puedo dejar el alcohol?, ¿el cigarrillo?, ¿la cama?; pero esto va más allá de cosas que no podemos dejar: ¿por qué no puedes controlar la ira?, ¿tus emociones?, ¿tus pensamientos depresivos o suicidas?
Cavemos un poco más profundo. ¿Por qué pareciera que en el ser humano hay una tendencia natural hacia la destrucción o la autodestrucción?, miremos cómo está el medio ambiente, se podría pensar que no podemos ‘progresar’ sin arrasar lo que tenemos por delante. ¿Se le debe enseñar a un niño a ser egoísta?, claro que no, simplemente lo es. Y qué podríamos decir de las cosas que nos atraen… hay algo en lo prohibido que nos invita constantemente a probarlo. Creo que se entiende la idea.
Tenemos un problema y aunque no podemos negar que también hay cosas buenas en nosotros, debemos tener muy claro que una relación con Dios no será posible mientras no solucionemos nuestro problema con el pecado. ¿Cómo hacerlo? Solo hay una manera: aceptar lo que Jesucristo hizo en la cruz.
Por eso decíamos que no es cuestión de ser mejores personas, o de corregir nuestro vocabulario o comportamientos, simplemente porque no podemos, no tenemos ni el poder ni las fuerzas para luchar contra esta naturaleza. Sería una guerra perdida. No valen aguas, riegos, conjuros ni la fuerza de voluntad. Lo único capaz de hacernos libres de la esclavitud al pecado es que demos lugar en nuestras mentes a aceptar lo que sucedió en la cruz.
Para facilitar un poco las cosas es prudente revisar un poco de historia. En la antigüedad, el sumo sacerdote debía sacrificar un animal sin quebrantos de salud o defectos físicos, es decir, un animal perfecto, para que Dios perdonara los pecados del hombre. Lo que hay que notar aquí es que era necesario un sacrificio de sangre para que el ser humano estuviera a paz con el Creador. Sin embargo, esta era una solución temporal, pues las personas volvían a practicar el pecado por cuanto eran esclavas de esa naturaleza, es decir que sus cuerpos obedecían al pecado, no al Creador. Por eso el sumo sacerdote era el único que no sufría de desempleo.
En vista de esta situación, Dios propone una solución que es tan sublime como desconcertante. Decide que ese sacrificio de sangre, necesario para que haya una relación entre Él y el hombre, sea su hijo Jesucristo. Entonces todos los pecados, los de ese entonces, sumados a los tuyos y los míos, cayeron sobre su cuerpo inmolado en la cruz, y por eso todo aquel que acepte esto es inocente ante los ojos de Dios.
Pero sucedió algo más. Si afinas un poco tu mirada te darás cuenta que hasta acá todo luce igual a lo que hacía el sumo sacerdote en los tiempos antiguos: un sacrificio para perdón de pecados. La única diferencia de ambos relatos es que en el primero muere un animal, mientras que en el segundo muere un hombre. Claro que sabemos que no era cualquier hombre, pero hasta este momento no aclara mucho la situación con respecto al pecado, que dijimos que era el problema más grande del ser humano, ¿recuerdas?
Cuando Cristo muere en la cruz se da inicio a lo que podría considerarse como el plan secreto del Fabricante… Lo que nadie esperaba y lo que aún muchos no han podido entender, el as bajo la manga de este gran estratega. Dios sabía que el sacrificio no era suficiente para que fuéramos libres de la esclavitud al pecado, por eso determinó que junto con Jesucristo muriera también nuestro cuerpo, aquel que le obedecía al pecado.
¡¿Qué cosa acabamos de decir?! Danos la oportunidad de explicártelo en el siguiente texto.