Género
Todo lo creado obedece a un diseño. Este diseño revela las funciones y necesidades de aquello que fue creado. Por lo tanto, del conocimiento de estos aspectos dependerá el buen uso y el correcto cuidado que les demos a las cosas. Cuando desconocemos el diseño de algo caemos inevitablemente en el mal uso y en el abuso.
Imagina esta situación: alguien viene y te entrega un chicler para que lo uses durante una semana. Si para este momento te estás preguntando ¿qué es un chicler?, podemos deducir fácilmente que al final de la semana habrás mal usado y abusado de ese objeto, pues no sabes para qué sirve (sus funciones), ni cómo debes cuidarlo (sus necesidades). El final del mal uso y del abuso, es la destrucción del objeto.
El ser humano no es la excepción. El hombre y la mujer tienen unas funciones y unas necesidades por creación que los hacen diferentes y complementarios. Es por esto que ante una misma situación, hombres y mujeres actúan de maneras distintas, de ahí la palabra género… porque generamos pensamientos y sentimientos distintos.
El desconocimiento del propio diseño y del diseño del otro, ha llevado a que los hombres abusen de las mujeres y las mujeres de los hombres. Esta ignorancia ha traído consigo la destrucción de relaciones, matrimonios, familias, empresas, negocios, pactos, acuerdos, sueños, vidas, potenciales… condenando al ser humano a vivir dividido en una interminable ‘guerra de los sexos’, o mejor, de los géneros.
Hemos creído que el género opuesto es nuestro enemigo, cuando fuimos creados para sumar nuestros diseños con el objetivo de desarrollar un plan superior. Fuimos llamados a pertenecer al mismo equipo, y no a bandos opuestos. Por lo anterior, redescubrir nuestras funciones y necesidades por diseño de creación, se vuelve algo de vida o muerte.
Ahora, una advertencia. Reconocer las funciones con las que fue creado cada género no es tarea fácil, y no lo es por dos razones: primero, porque cuando hablamos de función pensamos más en una obligación que en una capacidad propia de actuar que ya está puesta dentro de nosotros; y segundo, porque llevamos siglos viviendo y relacionándonos por intuición o por las tendencias de cada época, sin siquiera imaginar que teníamos un diseño, y que este diseño es eterno: no depende ni de la cultura ni del periodo histórico.
Así por ejemplo, una licuadora tiene la misma función en Japón o en Grecia, y desde que se inventó, siempre ha servido para licuar. Puede que le cambien el empaque, la apariencia, pero su diseño no cambiará. La ventaja de la licuadora frente al hombre es que de ella nunca hemos perdido o ignorado el manual de instrucciones que dejó su creador. Ella nunca perdió su diseño original.
En el pasado y aún ahora, la humanidad se ha movido por un interés principal: sobrevivir, vencer el hambre, la sed, el clima, la enfermedad, la muerte. Por eso, las funciones del hombre y de la mujer en las sociedades antiguas giraban en torno a la provisión del alimento y el cuidado físico de todos los integrantes de la familia. El varón salía a cazar (trabajar) mientras que la mujer se quedaba a limpiar la casa y a cuidar de los hijos. Aparentemente los hogares funcionaban mientras esto ocurriera; no importaba si el varón tenía otras mujeres por fuera de su hogar o si pasaba más tiempo con sus amigos que hablando con sus hijos; ni tampoco era relevante preguntar qué sueños y talentos tenía la mujer, ella sólo debía facilitar las cosas para que él pudiera proveer el dinero que todos necesitaban para sobrevivir. El resultado: hogares disfuncionales, anhelos desechados, capacidades desaprovechadas y corazones profundamente maltratados.
Por eso, necesitamos dejar de lado la discusión sobre qué debe hacer el hombre y qué le corresponde hacer a la mujer, entendiendo que no es en el hacer donde habita nuestro valor. Necesitamos entender que nuestro valor está en nuestro ser y que la pregunta que debemos hacernos, tanto hombres como mujeres, es quiénes ya somos y de qué estamos dotados para darle al mundo lo mejor de nosotros. Necesitamos aceptar que ‘diferente’ no significa ‘mayor que’ o ‘menor que’, sino ‘complementarios’.
Aunque nos parezca ficción y nuestro corazón se resista a creerlo, el varón ha sido creado para portar fortaleza interior, para dar la pelea por los suyos y no contra los suyos, para ser cabeza, maestro, protector y proveedor de su casa (no de dinero, sino de todo aquello que su esposa y sus hijos necesitan para desarrollar su potencial). Mientras que la mujer ha sido creada para portar belleza interior, un espíritu dulce y apacible capaz de mejorarlo todo; ha sido creada para desplegar (incubar) la vida que hay en cualquier semilla, para reflejar la realidad de una situación y para ser la salvavidas de los suyos.
Las funciones de cada género son reales. Hacen parte de un todo: nuestra esencia, que nos hace seres extraordinarios con la capacidad de llevar una vida extraordinaria. Sin embargo, primero debemos aceptar nuestros diseños para luego entrar a hacer los ajustes necesarios. Es el tiempo de arrancar la venda que nos ha confinado a una vida de oscuridad, ignorando todo el potencial que descansa en el diseño de nuestros géneros.